CONOCE TU CAMIÓN 68 Cambiar el aceite del motor es una de esas tareas rutinarias que muchos pasan por alto, pero que marcan la diferencia entre un motor sano y una avería costosa. Lo habitual es hacerlo cada 10.000 kilómetros o una vez al año, aunque siempre conviene seguir las recomendaciones del fabricante, que conoce mejor que nadie las necesidades de su motor. Un buen lubricante no solo reduce la fricción entre piezas metálicas: también protege, limpia y enfría el corazón del vehículo. En definitiva, es el “guardaespaldas” del motor. La clave está en la viscosidad La viscosidad es el punto de partida para elegir bien. En pocas palabras, indica la capacidad del aceite para fluir dentro del motor y mantener su protección en distintas temperaturas. Si el lubricante es demasiado denso en frío, circulará con dificultad, y las piezas no estarán bien protegidas. Por el contrario, si es muy fluido cuando el motor alcanza temperatura, puede escurrirse hacia el cárter y dejar zonas críticas sin cobertura. Por eso existen los aceites multigrado, identificados con la letra “W” (de winter) y un número que indica su comportamiento en frío. Cuanto menor sea el número, más fluido será a bajas temperaturas. Por ejemplo, un aceite 5W protege mejor que un 15W cuando las mañanas son heladas. EL ACEITE: PEQUEÑO DETALLE, GRAN DIFERENCIA ¿Para qué sirve realmente el lubricante? Además de lubricar, su función va mucho más allá: n Protege las superficies metálicas del motor del desgaste. n Arrastra impurezas y evita que se acumulen residuos. n Disipa el calor generado por la fricción. n Sella los cilindros, ayudando a mantener la compresión. n Reduce la corrosión y la oxidación, alargando la vida del motor. n Amortigua impactos y mantiene el rendimiento estable incluso bajo presión.
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